jueves, 4 de agosto de 2011

Ya nunca sé que hora es, pero me da igual.

La primera vez que te besé nuestros dientes se rozaron por una milésima de segundo y fue increíble. La hora exacta de ese beso eran las doce y diez y quite la pila del reloj para que se quedase la hora detenida para siempre, parada. El minuto exacto en el que me besaste esta metido en un reloj para siempre y ya nunca sé que hora es, pero me da igual. Y desde entonces miro constantemente el reloj.

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